Por Alejandra Margarita Manzo Limón
Capítulo
1
Estaba yo, Ale, en la escuela, preparando el segundo festival Salvemos
la Tierra con mis amigos Adri, Julián y Yovani, cuando se nos ocurrió ir al
monte a tomar fotos. Fuimos al Cerro de la Cruz, que está en mi comunidad, el Centinela
de Abajo, donde hay muchos animales, como jabalíes, tlacuaches, tejones, etcétera;
subimos por un camino, el cual está en la huerta de plátano, y tomamos un desvío
guiados por Yovani, pues conocía esos rumbos. Yo llevaba mi arco de madera y
unos palitos afilados, pues luego salen animales salvajes y no quería
arriesgarme a que nos lastimaran. Todos traíamos algún arma: Adri traía un
cuchillo de cocina; Julián, una cuchara pozolera de su abuela (no sé por qué
llevó eso si no sirve) y Yovani traía una lanza (un palo de madera con punta
filosa).
Vimos unos jabalíes comiendo pasto; saqué
la cámara y me dispuse a tomar una foto cuando, de repente, una flecha plateada
se clavó en la cabeza de uno de ellos y lo privó de la vida. Todos los demás
jabalíes huyeron. Me acerqué y le quité la flecha; aún se movía, aún no moría. Observé
la flecha y recordé que había visto una igual en una foto de Google; en ese instante,
otra flecha zumbó por mi oreja, igual que la otra. Mis amigos corrieron a
ayudarme, pues me había caído y además me había cortado y mi herida sangraba.
Lancé una flecha a donde vi que venía la
flecha plateada.
— ¡No puede ser! —dije yo.
— No, porque no es —dijo Yovani.
— ¿Qué es qué? —preguntó Adri.
— Las cazadoras no existen —respondió
Yovani. En eso, le pasó zumbando una flecha dorada por la cabeza.
— Eso es karma —dije yo.
Una muchacha de 15 años salió y gritó:
— Flee deadly here, we are prohibited from
hunting and witness it!
— Not
speak English, we are in Mexico —dije yo, que eso era lo único que sabía
decir en ese idioma, aparentemente inglés.
— Nómiza
óti ítan stí néa anglía —dijo la chica, entre susurros, a otra.
— ¿Qué idioma será? —preguntó Adri.
— Griego. Sé hablar un poco —dije yo.
— Yo igual —dijo Yovani. Nos dirigimos a
ella y le dije:
— Alejandra
eímai edó kaí eímai poios eísai.
— ¿Qué dijo? —preguntó Adri.
— Que se llama Alejandra, que quiénes
son y que ella vive aquí —dijo Yovani.
— Edó̱, mazí me óla af̱tá , eínai to kyní̱gi kai den boroúme na
parakolouthí̱soume —dijo la chica.
— Ahora dice que quiere que nos vayamos
—dijo Yovani.
— Den vláptei káproi —dije yo.
— Dice que no lastimen a los jabalíes.
Ah, ¡y hablen español! —dijo Yovani.
— Den miloún ispaniká.
— Vaya, hasta que van a cambiar el
idioma.
— Nosotras hacemos lo que queremos —dijo la
chica, por fin en español.
— Pero son nuestras tierras y, por
lo tanto, nuestros animales; tú ni siquiera estás en tu país, jovencita de mil
años —dije yo. La chica se enojó y sacó su espada; yo saqué una flecha y
estaba dispuesta a lanzarla cuando salió Julián y se oyó un golpe, como si hubiera
caído un coco al suelo.
— ¡Tramposa! —dijo Julián,
cuchara pozolera en mano. Le había pegado en la cabeza a otra chica que iba a
atacarme.
— ¡Pero ella trae un arco! —dijo la chica.
— No; nada, nada —dijo Julián.
— Ah, ¿con que sí? —dije yo— ¿Piensas que soy injusta?
—iba a darle un puñetazo a la chica, pero salió otra chica rubia de unos 14
años. Todos, hasta Yovani, nos inclinamos.
— Maya, no es correcto que los trates así. ¿Acaso no sabes
quiénes son? —dijo la chica.
— No, mi señora Artemisa, pero me agredió la chica de
color tostado.
— Como si estuvieras tan güera… Qué mensa es —dije yo.
— Perdónala, guardiana, no sabe quién eres; por lo tanto,
no sabe que intentan proteger a sus jabalíes.
— Señora, sé quién es usted; sé que es hija de mi señor
Zéus, pero cuando dije que los jabalíes eran míos me refería a toda mi
comunidad.
— No saben quiénes son aún, ¿verdad? —dijo Artemisa.
— Claro que sí: yo soy Ale, hija de la maestra; ellos son
mis amigos y vinimos a hacer la tarea de la escuela, la cual se basa en tomar
fotos de jabalíes, a quienes Maya, su lugarteniente, espantó; y por si fuera
poco, mataron a una hembra —dije yo.
— Sí, pero ustedes son los guardianes de la Tierra.
Miren, acompáñenme al campamento y les enseñaré.
La seguimos y, como era de esperar, les ataron las manos
a Julián y a Yovani. Adri se había asustado; yo le dije:
— Déjalas; ellas odian a los hombres, a los niños y todo
lo que sea del sexo masculino.
Llegamos y había una cierva a lado de Artemisa.
— Es la cierva de Cirene —dije yo.
— En efecto. Pensé que ya sabían que eran guardianes,
pues hasta han hecho actividades, ¿no? —dijo Artemisa.
— Pero de juego —dije yo.
— Bueno, cada uno de ustedes… —no acabó de decir la
frase, pues Julián dijo:
— ¡Ya suéltennos!
— Suelten a esos individuos chocarreros —dijo Maya, la
lugarteniente de Artemisa.
— ¡Uuuuh, eso calienta! —dijimos a coro Adri y yo.
— ¿Qué significa eso? —preguntó Maya.
— Nada —dije yo.
— Bueno, cada uno de ustedes es el guardián de un
elemento, los que harán justicia en el mundo mortal, pues el estúpido de Je…
Jes… ¿Jesu-qué? —dijo Artemisa.
— Ay, mi señor Jesucristo —dijo Adri.
— Ese menso loco nos ha prohibido a nosotros tener
influencia en los mortales. Yo vivo escondiéndome de él, recluto cazadoras
ilegalmente, pero qué más da, ¿no? —dijo Artemisa.
— ¿Ya ven? Yo por eso soy atea —dije yo.
— Bueno, total; hay cuatro mortales que actúan en su
mundo en vez de nosotros, pues ese Jesumenso
no nos puede prohibir que ustedes ayuden, y Zeus, Poseidón, Apolo y yo nos
encargaremos de darles algo de nuestro poder y Atenea les dará la sabiduría
necesaria para ser dioses mortales. Los demás dioses les darán una de sus
cualidades; poco, pero va a ser mucho en realidad —dijo Artemisa.
— ¿Y, y, y podremos comer y tomar néctar y ambrosía? —pregunté.
— Sí, y como dioses —respondió Artemisa.
— Bueno, ¿significa que somos millonarios? — preguntó
Julián.
— Sí —respondió Artemisa—, de dracmas, pero no les van a
servir, pues estamos en la Nueva España.
— Este país dejó de ser la Nueva España hace como 200
años —dije yo.
— Lo siento, la última vez que vine, un señor con un
título raro… virrey, era virrey, vivía aquí —dijo Artemisa.
— ¡Uff, esta muchacha debe ser una anciana! —dijo Yovani.
— ¡Ahora sí, barón de sexta…! —dijo Maya y se dispuso a
golpearlo.
— Déjalo… está mensito y me lo vas a amensar más —dijo
Adri sobándole el coco a Yovani.
— Hum… ¿qué es mensito
y amensar? —preguntó Maya.
— Eh… ¿cómo te diré, Maya? Pues menso es que eres tonto, loco y algo de burro y se usa cuando te
equivocas —dije yo en un tono que parecía que le estaba explicando a un niño de
kínder cómo se hacen los bebés.
— No me hables como si fuera una bebita… ¡Aaaay! Te
pareces a Atlante, el menso… ¿así se dice?, de mi padre.
— Maya, no le grites a la guardiana o Artemisa te va a
castigar. A la última cazadora que castigó hizo que el lobo Pelolengua le
lamiera la panza hasta que se orinara y llorara, y sí se orinó, así que no le
grites —le dijo su mejor amiga, Leyla.
— Maya, así que eres una ninfa… ¡Guau! —dijo Adri.
— Bueno, nos retiramos porque alguien me habla —dijo
Artemisa.
— Aún te falta leer cuatro libros de Percy Jackson para
hablar griego y enamorarte de su mitología, o sea, saber casi todo sobre
mitología griega —le dije a Adri.
— ¿Y, y, y, y, y, y, y cuando los lea yo seré un sabelotodo
sobre mitología griega? Yes! —dijo
Julián.
— Alto, enano; yo sé más de mitología griega que
cualquiera que los haya leído —dije yo.
— Ay, yo nomás decía… —me contestó.
— Perdón, enano pozolero —le contesté.
— ‘Ora verás, niña mensa, hija del diablo —me contestó.
Me iba a dar con su puño, pero, como no medía ni 130 centímetros, lo que hice
fue ponerle mi mano en la cabeza y burlarme de él mientras lloraba por no
poderme golpear.
Capítulo 2. Los
dioses bajaron a hacernos la prueba de guardianes
Adri me dijo esto, pues había sentido lástima por Julián:
— Ya suéltalo, pobre niño.
— Ay no, para que se le quite al menso —no le hice caso y
entonces ella me aventó. Se volteó y yo la iba a empujar, pero se interpuso
Yovani, así que lo aventé a él, pero también se metió la cierva de Cirene, así
que cuando aventé a Yovani se dio con uno de sus cuernos en la pompa y se le
salió un pedito.
— ¡Aaaaay, aaaaay, aaaaay! ¡Mis nachas!
La pobre cierva se comió todo el pun y salió mugiendo. Yovani
me quiso regresar el golpe, pero pobrecito; fue víctima de su mala puntería y
se cayó. Ya teníamos el coraje en nuestro cuerpo, así que comenzamos a darnos
de golpes, patadas, jalones de greñas, mordidas, empujones, etcétera, etcétera,
etcétera, cuando apareció Maya con Artemisa, tres señores y una señora.
— ¡Santos nosotros y mis hijos! Estos no son los
guardianes —dijo un güerito alto con algo reluciente en la mano.
— ¡Alto! Eso se parece a lo que Percy le regresó a Zeus —dijo
Adri.
— ¿Por qué, señor, trae usted un tridente? —preguntó
Yovani.
— ¿Por qué trae usted un arco de oro? —pregunté yo.
— ¿Por qué la doña trae un pájaro en el hombro? ¿Qué se
siente que no la muerda? —preguntó el menso de Julián.
— No es... ¡Hínquense! —dije yo, y todos, menos Julián,
nos hincamos.
— ¿Qué? ¿Por qué se hincan? —preguntó Julián. Lo jalé y
luego entre susurros le dije que eran los dioses del Olimpo. Después pedimos
perdón por el desorden y por no hincarnos.
— Ya, a ver si entendí: la del pájaro es Atenea; el del
palo con hilo, Apolo; el del tenedor de tres picos, Poseidón, y el de la paloestrellita, Zeus —dijo Julián.
— Yo no describiría sus elementos de esa forma, pero algo
así —contesté.
— Bueno, niños raros, necesito pensar; no creo que
ustedes sean los guardianes —dijo Apolo. Al poco rato rezongó:
— ¡No manches, papi! ¡Estos sí son los guardianes de la
Tierra!
— Eh, ¿qué tipo de dios que sabe
cantar le dice “papi” a su papá aunque tenga más de 3 mil años? —pregunté.
Atenea y Artemisa contestaron:
— Apolo.
— Bueno, ya que hemos llegado les haremos un examen sobre
nuestros orígenes. Son preguntas abiertas. Este examen lo he preparado yo —dijo
Atenea.
— Ok —respondimos. Nos sentamos y Adri y Julián dijeron:
— ¡Ah, canijo! Sí leo griego.
— Obvio, son guardianes y sus mentes pueden leerlo.
Contestamos el examen y todos sacamos 10, sin
ninguna falla.
— La siguiente prueba es ver quién aguanta más dentro del
agua —dijo Poseidón. Nos metimos al agua y sorprendí a Yovani jugando en su laptop y cantando un corrido; me quedé
estupefacta. En eso se vieron los piecitos de Julián, el cual no entraba en el
agua, pues rebotaba; Poseidón lo sacó con un ademán. Adri salió como si la
estuvieran quemando. Le hice a Yovani una seña de burla y me dijo:
— Sí, pues son un par de mensos —en eso sentí como cuando
comes de más y tienes que sacar las vitaminas, así que salí con un dolorón de
panza y Apolo me dio un dulce que me quitó el dolor y estaba untándole a Adri
una pomada en los brazos. Yovani salió del agua y no se había mojado.
La siguiente prueba consistía en que Zeus hiciera
soplar muy fuerte el aire para ver quién no se iba volando. Yo volé primero;
después salió Yovani, el cual se quería deshacer; Adri se enfureció de repente
hasta quedar desmayada y Julián estaba como si nada.
— Estoy bien —dijo Adri.
Subir un cerro de un kilómetro de alto era la
siguiente prueba, pero teníamos que subir por los árboles. Yo fui la primera,
pues sentí los árboles como una escalera; luego llegó Julián, Yovani después y
Adri no subió.
Bajamos y la siguiente prueba era entrar al
carrito de Apolo para ver quién aguantaba más tiempo arriba. Yo salí, pues
sentí que me quemaba como hierba seca; de ahí salió Julián y después Yovani,
que se andaba deshidratando. Adri soportó más, así que dieron el veredicto
final:
Yovani: agua; Julián: aire; yo: tierra; y
Adri: energía.
Cada quién abrió una caja en la que venían
las armas. A Yovani le dieron un tridente muy bonito, sólo que tenía poco menos
poder que el de su cedector, Poseidón.
A Julián le dieron una lanza eléctrica; tan feliz estaba que electrocutó por la
cola a la pobre cierva de Cirene. En mi caja había un arco de plata con un
carcaj que nunca se vaciaba y a Adri le dieron una bolsa con cuchillos que
tampoco se vaciaba.
Luego nos dieron los trajes que usaríamos y
nos dijeron que viviríamos con Artemisa en su campamento, pues no servía de
nada estar en el Olimpo si teníamos que cuidar la Tierra; nuestros familiares
sabrían que viviríamos aquí y que podrían venir a visitarnos. Y pues aquí viviremos
y salvaremos siempre a nuestra querida Gea, la Tierra.
Fin
Fin
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