miércoles, 21 de enero de 2015

Un fenómeno inesperado

Para Alejandra, de su tía Laura.




Escribir un diario tiene su encanto: es algo extremadamente privado que una comparte consigo misma, y nos da la oportunidad de echar afuera vivencias y pensamientos que no compartiríamos con nadie más. Lo malo es que alguien podría encontrarlo y enterarse de nuestros secretos, pero eso sólo le da al asunto un toque de aventura.
Alejandra ya sabía todo esto, por eso se había encerrado en su habitación para escribir en su diario (porque, como era propio de su edad, creía que todo el mundo quería leerlo); bueno, en realidad la compartía con su hermano Carlos, por eso le pidió amablemente que jugara afuera mientras ella escribía:
—¡Salte de mi cuartooo!
—Pero también es mío. Aquí están mi cama y mis juguetes…
—carita triste.
—No me importa, ¡salte!
—Pero… —ya lo estaba encaminando a la salida.
—Voy a escribir y no quiero que me veas —¡portazo!
Necesitaba estar sola para hablar de las travesuras que había hecho con sus amigas el fin de semana anterior: se reunieron todas en el antiguo hospital apenas oscureció (les hubiera gustado ir a la medianoche, pero ninguna consiguió permiso para estar fuera de su casa tan tarde) y estaban decididas a encontrar fantasmas y hacer contacto con ellos; hasta habían llevado cámaras y grabadoras para guardar evidencia de sus hallazgos. Desde luego, no lograron su cometido, pero, en opinión de Alejandra, sí ocurrieron historias dignas de contar.
Y ahí estaba ella, escribiendo sus aventuras en el hospital abandonado, escuchando a Ariana Grande con los audífonos a todo volumen —le habían dicho que era malo para sus oídos, pero necesitaba concentración—, aislada del mundo, cuando la verdadera aventura comenzó.
Todavía estaba relatando su encuentro con el velador (no sabían que había un velador en el hospital), que llegó —muy enojado, por cierto— a pedirles que se fueran y les hizo creer a todas que era un fantasma (bueno, es que su voz era muy estruendosa; lo que no sabían es que él también se había asustado), cuando algo le llamó la atención a través de la ventana: primero creyó que Carlos estaba paseando en su bicicleta, pero entonces se dio cuenta de que no había nadie montado en ella. La bicicleta se estaba moviendo sola, y también la puerta de la entrada, y todas esas cosas que estaban en la cochera y que su mamá juró que iba a tirar, vender o regalar en cuanto tuviera tiempo.


Alejandra inmediatamente dejó de escribir, se quitó los audífonos y entonces pudo escuchar el viento arrasador (no lo sentía porque la ventana estaba cerrada)… y los gritos de su hermano:
—¡Ayúdenmeeee! ¡Alejandraaaa! ¡Aaaahh, mamáaaa!
Se levantó a toda prisa y trató de salir de su habitación para ayudar a su hermano, pero no pudo: la puerta estaba atascada, o eso creyó ella. La perilla giraba, pero la puerta, que abría hacia adentro, no se movía.
—¡Carlitos! ¿Qué está pasando?
—¡Un tornadoooo! ¡Ayúdameeee!
Alejandra a veces podía ser mala hermana (no le gustaba convidar sus dulces ni prestar sus juguetes, por ejemplo, además de que acababa de echar a su hermano de la recámara que compartían), pero no podía permitir que un tornado se llevara a Carlitos.
Cerró los ojos, respiró hondo, se concentró todo lo que pudo y jaló la puerta con fuerza. Entonces vio al niño del otro lado, sujetado de la perilla, a punto de ser llevado por una gran corriente de aire que salía del techo de su casa en forma de remolino, ¡del techo! Los pies se le revolvían y ya no tenían zapatos ni calcetines; la ropa se sacudía, inquieta; su cuerpo se balanceaba de un lado a otro. Aquello era realmente increíble.
Alejandra, por algún extraño fenómeno de la física, al tratar de mantener la puerta abierta para tratar de meter a su hermano y ponerlo a salvo del tornado —habiendo tanta fuerza en contra que la mantenía cerrada—, la rompió. El feroz viento la partió lentamente por la mitad y Carlos comenzó a soltar la perilla; una de sus manos ya se había rendido y se sacudía violentamente a sus espaldas, como queriendo desprenderse de su cuerpo.
Al poco rato, la otra mano también se rindió. En el instante en que Carlos soltó por completo la perilla, que hasta entonces había impedido que el tornado se lo llevara, Alejandra lo estrechó.
Pero no fue suficiente.
Si el tornado hubiera tenido sentimientos, seguramente se habría enojado por la resistencia que ponía ese par de niños, porque entonces batió con tal fuerza, que Carlos, con Alejandra todavía sujetada de su mano, fue arrastrado hasta el techo de su casa.
Y entonces ambos desaparecieron, junto con el tornado, y todo dejó de moverse, como si nada hubiera pasado; excepto, claro, que la casa había quedado en ruinas.
Alejandra creyó que iban a estrellarse contra el techo, pero, en lugar de eso, el tornado los atrapó. Giraron dentro de él y pudieron ver todas las cosas que también habían sido atrapadas: la mesa del comedor, con todo y sus sillas; el estéreo de la sala, sillones, libros, montones de ropa… todo giraba a su alrededor junto a ellos.



Giraron y giraron hasta que comenzaron a sentirse mareados y perdieron el sentido. Entonces dejaron de girar.
Cuando Alejandra abrió los ojos, todavía estaba un poco atontada; además, la intensa luz le lastimaba. Estaba acostada sobre un pasto tan verde que parecía haber sido coloreado con crayolas, pero aún no se daba cuenta de eso. Carlos, en cambio, despertó, se levantó en un instante y echó a correr por el campo. Ya saben, los niños a esa edad tienen mucha energía y pocas preocupaciones.
Las risas terminaron de despertarla; sí, eran muchas risas, porque ahí había muchos niños. Además de eso, notó finalmente el color del pasto, y de los árboles, y del Sol… Todo era brillante y reluciente, como si alguien lo hubiera pulido con esmero.
No podía creerlo. Ni en sus mejores sueños pudo haber imaginado un lugar así: había árboles de todos los colores en todas las tonalidades: verdes (por supuesto), azules, rosas, morados, naranjas… y sus troncos eran del color del chocolate. El cielo era de un azul un poco más intenso que el de los árboles, y las nubes eran completamente blancas: las había con forma de unicornios, tortugas, cachorritos, y —Alejandra todavía no lo sabía— si te quedabas mirando una y lo deseabas con todas tus fuerzas, ¡entonces la nube se volvía de la forma que tú quisieras!
Más adelante encontró un parque gigante. En él había toboganes que te lanzaban hasta el infinito —pero no había de qué preocuparse, el pasto podía amortiguar cualquier caída, e incluso podía hacerte rebotar si brincabas con suficiente fuerza—, columpios amarillos que daban giros de 360 grados; paredes inclinadas para saltar y escalar, carruseles de todos los tamaños, pequeños castillos que, excepto por el hecho de ser más pequeños, ¡eran reales!; una autopista con automóviles y bicicletas; también había un trampolín de 20 metros que daba a una piscina de colores, y el que saltaba podía empaparse de amarillo, púrpura, ámbar, rojo… y después ir a un muro blanco que había al fondo para decorarlo como quisiera. Y a lo lejos había un mar inmenso que se confundía con el azul del cielo; en él había delfines que te llevaban de paseo brincando y bailando.
Alejandra estuvo caminando mientras trataba de asimilar el hecho de que aquel tornado tan espantoso los había llevado a ella y a su hermano a ese asombroso pero extraño lugar.
Se preguntaba dónde podía estar su hermano cuando escuchó algo parecido al ruido que hace una sidra cuando hace volar su tapadera, seguido de un “¡Wiiiiiii!” detrás de ella, que primero se hizo cercano y después se alejó poco a poco. Miró al cielo para ver quién gritaba y encontró a Carlos atravesando las nubes como un cohete; en ese momento el “¡Wiiiiiii!” se convirtió en “¡Uuuuuh!” y el niño empezó a caer. Sorpresivamente, su ropa aminoró la velocidad al volverse elástica y funcionar como un paracaídas, aunque cayó con la fuerza suficiente para rebotar justo enfrente de Alejandra, y dio grandes saltos a su alrededor.



—¡Ale, ¿no es increíble?!
Alejandra todavía estaba atónita.
—¿Dónde estamos?
—¿A quién le importa? ¡Esto es súper divertido! ¡Ven, vamos a los toboganes!
Era muy tentador seguir a su hermano y volar por los aires, o llenar de pintura el muro, o explorar cualquiera de los increíbles juegos que le ofrecía aquel perfecto parque de diversiones, pero le intrigaba más saber en dónde se encontraban y cómo habían llegado ahí. Son las preocupaciones que llegan con la edad.
Una niña la miró desde lo lejos y se acercó para darle la bienvenida; enseguida se dio cuenta de que era nueva, pues sólo los nuevos tienen esa mirada.
—¡Hola! ¿Por qué no estás jugando?
—Es que… estoy un poco confundida. No sé dónde estamos.
—¡Estás en el paraíso de los niños, ¿no lo ves?! ¿Llegaste sola?
—No, vengo con mi hermano Carlos, es… aquel niño de playera roja que está volando.
—¿Ya te subiste a los toboganes? ¡Son increíbles!
—¿Así se llama este lugar, el paraíso de los niños?
—No sé, pero así le decimos. ¡Ven, vamos al trampolín!
Alejandra fue detrás de aquella niña, pero siguió haciendo preguntas. Supo que se llamaba Lulú y que en realidad nadie sabía el nombre de aquel lugar; algunos lo llamaban el mundo de los niños, chiquilandia, o simplemente el gran parque. También supo que todos los niños (o al menos todos con los que Lulú había platicado hasta ese momento) habían llegado en circunstancias extrañas, igual que ella y su hermano: unos habían sido succionados por un hoyo negro abierto en medio de su casa, otros habían caído en la taza del baño, y había quien había entrado a través de uno de esos espejos de cuerpo completo cuya superficie se había vuelto líquida y brumosa.
El tiempo no parecía transcurrir: el Sol, dorado y reluciente, siempre estaba en el mismo lugar y no hacía daño a la vista si se le miraba de frente.
Después de haber saltado a la piscina de colores no menos de tres veces, y después de haber dado vueltas y vueltas y vueltas en los columpios amarillos, Alejandra decidió explorar uno de los castillos. Adentro había salones donde niñas vestidas de princesas bailaban alegremente al ritmo de guitarras y laúdes, y afuera había campos donde niños juglares con enormes y graciosos sombreros coloridos contaban historias en verso. Alejandra alcanzó a escuchar algo así:

Y entonces el gran corcel
Terminó en un carrusel
Todo porque Miguel
No tenía para pagar su miel

También había ponis listos para llevarte de paseo; algunos de ellos protagonizaban justas en las que dos jinetes —ataviados con armaduras— cabalgaban a toda velocidad para encontrarse, cargando con pequeñas lanzas elásticas, y tratar de tumbar al contrincante.
Alejandra jugó, bailó, cabalgó y rió hasta que no pudo más, hasta que el cansancio fue tal que tuvo que tumbarse en el suelo. Entonces se dedicó a acariciar el pasto y a mirar las nubes, todavía maravillada; ahí descubrió que podía hacerlas cambiar de forma. Carlos se acostó junto a ella… y ambos se quedaron profundamente dormidos.



No se dieron cuenta, pero empezaron a hundirse, y se hundieron hasta que dejaron de verse por completo, como si hubieran caído en arenas movedizas. Después de habérselos tragado, el pasto volvió a su forma original, como si nunca hubieran estado ahí.
Al despertar, Alejandra notó que estaba de vuelta en casa y que la puerta estaba ahí, en su lugar, intacta. Se levantó de un salto, salió de su habitación y vio que el techo también estaba en perfectas condiciones, al igual que todo lo demás; bueno, tal vez la bicicleta de Carlos no estaba en las mejores condiciones, pero eso no era culpa del tornado.
¿Había sido un sueño todo aquello?
Antes de poder pensar en la respuesta, vio que en su ropa había restos de ese pasto verdísimo coloreado con crayolas; los tomó en sus manos y al instante se volvieron pedazos de papel maché. Miró hacia la cama de Carlos y lo encontró ahí, mirándola fijamente.
—Estuvimos ahí, ¿verdad?


lunes, 19 de enero de 2015

The hanging tree



Are you, are you coming to the tree?
They strung up a man they say who murdered three.
Strange things did happen here, no stranger would it be
If we met at midnight in the hanging tree.

Are you, are you, coming to the tree?
Where the dead man called out for his love to flee.
Strange things did happen here, no stranger would it be
If we met at midnight in the hanging tree.

Are you, are you coming to the tree?
Where I told you to run, so we'd both be free.
Strange things did happen here, no stranger would it be
If we met at midnight in the hanging tree.

Are you, are you coming to the tree?
Wear a necklace of rope, side by side with me.
Strange things did happen here no stranger would it be
If we met at midnight in the hanging tree.

Are you, are you coming to the tree?
Where I told you to run, so we'd both be free.
Strange things did happen here, no stranger would it be
If we met at midnight in the hanging tree.

Are you, are you coming to the tree?
They strung up a man they say who murdered three.
Strange things did happen here, no stranger would it be
If we met at midnight in the hanging tree.

Are you, are you coming to the tree?
Where the dead man called out for his love to flee.
Strange things did happen here, no stranger would it be
If we met at midnight in the hanging tree.


Los guardianes de la Tierra

Por Alejandra Margarita Manzo Limón


Capítulo 1

Estaba yo, Ale, en la escuela, preparando el segundo festival Salvemos la Tierra con mis amigos Adri, Julián y Yovani, cuando se nos ocurrió ir al monte a tomar fotos. Fuimos al Cerro de la Cruz, que está en mi comunidad, el Centinela de Abajo, donde hay muchos animales, como jabalíes, tlacuaches, tejones, etcétera; subimos por un camino, el cual está en la huerta de plátano, y tomamos un desvío guiados por Yovani, pues conocía esos rumbos. Yo llevaba mi arco de madera y unos palitos afilados, pues luego salen animales salvajes y no quería arriesgarme a que nos lastimaran. Todos traíamos algún arma: Adri traía un cuchillo de cocina; Julián, una cuchara pozolera de su abuela (no sé por qué llevó eso si no sirve) y Yovani traía una lanza (un palo de madera con punta filosa).
Vimos unos jabalíes comiendo pasto; saqué la cámara y me dispuse a tomar una foto cuando, de repente, una flecha plateada se clavó en la cabeza de uno de ellos y lo privó de la vida. Todos los demás jabalíes huyeron. Me acerqué y le quité la flecha; aún se movía, aún no moría. Observé la flecha y recordé que había visto una igual en una foto de Google; en ese instante, otra flecha zumbó por mi oreja, igual que la otra. Mis amigos corrieron a ayudarme, pues me había caído y además me había cortado y mi herida sangraba.
Lancé una flecha a donde vi que venía la flecha plateada.
— ¡No puede ser! —dije yo.
— No, porque no es —dijo Yovani.
— ¿Qué es qué? —preguntó Adri.
— Las cazadoras no existen —respondió Yovani. En eso, le pasó zumbando una flecha dorada por la cabeza.
— Eso es karma —dije yo.
Una muchacha de 15 años salió y gritó:
Flee deadly here, we are prohibited from hunting and witness it!
Not speak English, we are in Mexico —dije yo, que eso era lo único que sabía decir en ese idioma, aparentemente inglés.
Nómiza óti ítan stí néa anglía —dijo la chica, entre susurros, a otra.
— ¿Qué idioma será? —preguntó Adri.
— Griego. Sé hablar un poco —dije yo.
— Yo igual —dijo Yovani. Nos dirigimos a ella y le dije:
Alejandra eímai edó kaí eímai poios eísai.
— ¿Qué dijo? preguntó Adri.
Que se llama Alejandra, que quiénes son y que ella vive aquí dijo Yovani.
Edó̱, mazí me óla af̱tá , eínai to kyní̱gi kai den boroúme na parakolouthí̱soume dijo la chica.
Ahora dice que quiere que nos vayamos dijo Yovani.
Den vláptei káproi dije yo.
Dice que no lastimen a los jabalíes. Ah, ¡y hablen español! dijo Yovani.
Den miloún ispaniká.
Vaya, hasta que van a cambiar el idioma.
— Nosotras hacemos lo que queremos dijo la chica, por fin en español.
Pero son nuestras tierras y, por lo tanto, nuestros animales; tú ni siquiera estás en tu país, jovencita de mil años dije yo. La chica se enojó y sacó su espada; yo saqué una flecha y estaba dispuesta a lanzarla cuando salió Julián y se oyó un golpe, como si hubiera caído un coco al suelo.
— ¡Tramposa! dijo Julián, cuchara pozolera en mano. Le había pegado en la cabeza a otra chica que iba a atacarme.
— ¡Pero ella trae un arco! —dijo la chica.
— No; nada, nada —dijo Julián.
— Ah, ¿con que sí? —dije yo— ¿Piensas que soy injusta? —iba a darle un puñetazo a la chica, pero salió otra chica rubia de unos 14 años. Todos, hasta Yovani, nos inclinamos.
— Maya, no es correcto que los trates así. ¿Acaso no sabes quiénes son? —dijo la chica.
— No, mi señora Artemisa, pero me agredió la chica de color tostado.
— Como si estuvieras tan güera… Qué mensa es —dije yo.
— Perdónala, guardiana, no sabe quién eres; por lo tanto, no sabe que intentan proteger a sus jabalíes.
— Señora, sé quién es usted; sé que es hija de mi señor Zéus, pero cuando dije que los jabalíes eran míos me refería a toda mi comunidad.
— No saben quiénes son aún, ¿verdad? —dijo Artemisa.
— Claro que sí: yo soy Ale, hija de la maestra; ellos son mis amigos y vinimos a hacer la tarea de la escuela, la cual se basa en tomar fotos de jabalíes, a quienes Maya, su lugarteniente, espantó; y por si fuera poco, mataron a una hembra —dije yo.
— Sí, pero ustedes son los guardianes de la Tierra. Miren, acompáñenme al campamento y les enseñaré.
La seguimos y, como era de esperar, les ataron las manos a Julián y a Yovani. Adri se había asustado; yo le dije:
— Déjalas; ellas odian a los hombres, a los niños y todo lo que sea del sexo masculino.
Llegamos y había una cierva a lado de Artemisa.
— Es la cierva de Cirene —dije yo.
— En efecto. Pensé que ya sabían que eran guardianes, pues hasta han hecho actividades, ¿no? —dijo Artemisa.
— Pero de juego —dije yo.
— Bueno, cada uno de ustedes… —no acabó de decir la frase, pues Julián dijo:
— ¡Ya suéltennos!
— Suelten a esos individuos chocarreros —dijo Maya, la lugarteniente de Artemisa.
— ¡Uuuuh, eso calienta! —dijimos a coro Adri y yo.
— ¿Qué significa eso? —preguntó Maya.
— Nada —dije yo.
— Bueno, cada uno de ustedes es el guardián de un elemento, los que harán justicia en el mundo mortal, pues el estúpido de Je… Jes… ¿Jesu-qué? —dijo Artemisa.
— Ay, mi señor Jesucristo —dijo Adri.
— Ese menso loco nos ha prohibido a nosotros tener influencia en los mortales. Yo vivo escondiéndome de él, recluto cazadoras ilegalmente, pero qué más da, ¿no? —dijo Artemisa.
— ¿Ya ven? Yo por eso soy atea —dije yo.
— Bueno, total; hay cuatro mortales que actúan en su mundo en vez de nosotros, pues ese Jesumenso no nos puede prohibir que ustedes ayuden, y Zeus, Poseidón, Apolo y yo nos encargaremos de darles algo de nuestro poder y Atenea les dará la sabiduría necesaria para ser dioses mortales. Los demás dioses les darán una de sus cualidades; poco, pero va a ser mucho en realidad —dijo Artemisa.
— ¿Y, y, y podremos comer y tomar néctar y ambrosía? —pregunté.
— Sí, y como dioses —respondió Artemisa.
— Bueno, ¿significa que somos millonarios? — preguntó Julián.
— Sí —respondió Artemisa—, de dracmas, pero no les van a servir, pues estamos en la Nueva España.
— Este país dejó de ser la Nueva España hace como 200 años —dije yo.
— Lo siento, la última vez que vine, un señor con un título raro… virrey, era virrey, vivía aquí —dijo Artemisa.
— ¡Uff, esta muchacha debe ser una anciana! —dijo Yovani.
— ¡Ahora sí, barón de sexta…! —dijo Maya y se dispuso a golpearlo.
— Déjalo… está mensito y me lo vas a amensar más —dijo Adri sobándole el coco a Yovani.
— Hum… ¿qué es mensito y amensar? —preguntó Maya.
— Eh… ¿cómo te diré, Maya? Pues menso es que eres tonto, loco y algo de burro y se usa cuando te equivocas —dije yo en un tono que parecía que le estaba explicando a un niño de kínder cómo se hacen los bebés.
— No me hables como si fuera una bebita… ¡Aaaay! Te pareces a Atlante, el menso… ¿así se dice?, de mi padre.
— Maya, no le grites a la guardiana o Artemisa te va a castigar. A la última cazadora que castigó hizo que el lobo Pelolengua le lamiera la panza hasta que se orinara y llorara, y sí se orinó, así que no le grites —le dijo su mejor amiga, Leyla.
— Maya, así que eres una ninfa… ¡Guau! —dijo Adri.
— Bueno, nos retiramos porque alguien me habla —dijo Artemisa.
— Aún te falta leer cuatro libros de Percy Jackson para hablar griego y enamorarte de su mitología, o sea, saber casi todo sobre mitología griega —le dije a Adri.
— ¿Y, y, y, y, y, y, y cuando los lea yo seré un sabelotodo sobre mitología griega? Yes! —dijo Julián.
— Alto, enano; yo sé más de mitología griega que cualquiera que los haya leído —dije yo.
— Ay, yo nomás decía… —me contestó.
— Perdón, enano pozolero —le contesté.
— ‘Ora verás, niña mensa, hija del diablo —me contestó. Me iba a dar con su puño, pero, como no medía ni 130 centímetros, lo que hice fue ponerle mi mano en la cabeza y burlarme de él mientras lloraba por no poderme golpear.


Capítulo 2. Los dioses bajaron a hacernos la prueba de guardianes

Adri me dijo esto, pues había sentido lástima por Julián:
— Ya suéltalo, pobre niño.
— Ay no, para que se le quite al menso —no le hice caso y entonces ella me aventó. Se volteó y yo la iba a empujar, pero se interpuso Yovani, así que lo aventé a él, pero también se metió la cierva de Cirene, así que cuando aventé a Yovani se dio con uno de sus cuernos en la pompa y se le salió un pedito.
— ¡Aaaaay, aaaaay, aaaaay! ¡Mis nachas!
La pobre cierva se comió todo el pun y salió mugiendo. Yovani me quiso regresar el golpe, pero pobrecito; fue víctima de su mala puntería y se cayó. Ya teníamos el coraje en nuestro cuerpo, así que comenzamos a darnos de golpes, patadas, jalones de greñas, mordidas, empujones, etcétera, etcétera, etcétera, cuando apareció Maya con Artemisa, tres señores y una señora.
— ¡Santos nosotros y mis hijos! Estos no son los guardianes —dijo un güerito alto con algo reluciente en la mano.
— ¡Alto! Eso se parece a lo que Percy le regresó a Zeus —dijo Adri.
— ¿Por qué, señor, trae usted un tridente? —preguntó Yovani.
— ¿Por qué trae usted un arco de oro? —pregunté yo.
— ¿Por qué la doña trae un pájaro en el hombro? ¿Qué se siente que no la muerda? —preguntó el menso de Julián.
— No es... ¡Hínquense! —dije yo, y todos, menos Julián, nos hincamos.
— ¿Qué? ¿Por qué se hincan? —preguntó Julián. Lo jalé y luego entre susurros le dije que eran los dioses del Olimpo. Después pedimos perdón por el desorden y por no hincarnos.
— Ya, a ver si entendí: la del pájaro es Atenea; el del palo con hilo, Apolo; el del tenedor de tres picos, Poseidón, y el de la paloestrellita, Zeus —dijo Julián.
— Yo no describiría sus elementos de esa forma, pero algo así —contesté.
— Bueno, niños raros, necesito pensar; no creo que ustedes sean los guardianes —dijo Apolo. Al poco rato rezongó:
— ¡No manches, papi! ¡Estos sí son los guardianes de la Tierra!
— Eh, ¿qué tipo de dios que sabe cantar le dice “papi” a su papá aunque tenga más de 3 mil años? —pregunté. Atenea y Artemisa contestaron:
— Apolo.
— Bueno, ya que hemos llegado les haremos un examen sobre nuestros orígenes. Son preguntas abiertas. Este examen lo he preparado yo —dijo Atenea.
— Ok —respondimos. Nos sentamos y Adri y Julián dijeron:
— ¡Ah, canijo! Sí leo griego.
— Obvio, son guardianes y sus mentes pueden leerlo.
Contestamos el examen y todos sacamos 10, sin ninguna falla.
— La siguiente prueba es ver quién aguanta más dentro del agua —dijo Poseidón. Nos metimos al agua y sorprendí a Yovani jugando en su laptop y cantando un corrido; me quedé estupefacta. En eso se vieron los piecitos de Julián, el cual no entraba en el agua, pues rebotaba; Poseidón lo sacó con un ademán. Adri salió como si la estuvieran quemando. Le hice a Yovani una seña de burla y me dijo:
— Sí, pues son un par de mensos —en eso sentí como cuando comes de más y tienes que sacar las vitaminas, así que salí con un dolorón de panza y Apolo me dio un dulce que me quitó el dolor y estaba untándole a Adri una pomada en los brazos. Yovani salió del agua y no se había mojado.
La siguiente prueba consistía en que Zeus hiciera soplar muy fuerte el aire para ver quién no se iba volando. Yo volé primero; después salió Yovani, el cual se quería deshacer; Adri se enfureció de repente hasta quedar desmayada y Julián estaba como si nada.
— Estoy bien —dijo Adri.
Subir un cerro de un kilómetro de alto era la siguiente prueba, pero teníamos que subir por los árboles. Yo fui la primera, pues sentí los árboles como una escalera; luego llegó Julián, Yovani después y Adri no subió.
Bajamos y la siguiente prueba era entrar al carrito de Apolo para ver quién aguantaba más tiempo arriba. Yo salí, pues sentí que me quemaba como hierba seca; de ahí salió Julián y después Yovani, que se andaba deshidratando. Adri soportó más, así que dieron el veredicto final:
Yovani: agua; Julián: aire; yo: tierra; y Adri: energía.
Cada quién abrió una caja en la que venían las armas. A Yovani le dieron un tridente muy bonito, sólo que tenía poco menos poder que el de su cedector, Poseidón. A Julián le dieron una lanza eléctrica; tan feliz estaba que electrocutó por la cola a la pobre cierva de Cirene. En mi caja había un arco de plata con un carcaj que nunca se vaciaba y a Adri le dieron una bolsa con cuchillos que tampoco se vaciaba.

Luego nos dieron los trajes que usaríamos y nos dijeron que viviríamos con Artemisa en su campamento, pues no servía de nada estar en el Olimpo si teníamos que cuidar la Tierra; nuestros familiares sabrían que viviríamos aquí y que podrían venir a visitarnos. Y pues aquí viviremos y salvaremos siempre a nuestra querida Gea, la Tierra.

Fin