Para Alejandra, de su tía Laura.
Escribir un diario tiene su encanto:
es algo extremadamente privado que una comparte consigo misma, y nos da la
oportunidad de echar afuera vivencias y pensamientos que no compartiríamos con
nadie más. Lo malo es que alguien podría encontrarlo y enterarse de nuestros
secretos, pero eso sólo le da al asunto un toque de aventura.
Alejandra ya sabía todo esto, por eso
se había encerrado en su habitación para escribir en su diario (porque, como
era propio de su edad, creía que todo el mundo quería leerlo); bueno, en
realidad la compartía con su hermano Carlos, por eso le pidió amablemente que
jugara afuera mientras ella escribía:
—¡Salte de mi cuartooo!
—Pero también es mío. Aquí están mi
cama y mis juguetes…
—carita triste.
—carita triste.
—No me importa, ¡salte!
—Pero… —ya lo estaba encaminando a la
salida.
—Voy a escribir y no quiero que me veas
—¡portazo!
Necesitaba estar sola para hablar de
las travesuras que había hecho con sus amigas el fin de semana anterior: se
reunieron todas en el antiguo hospital apenas oscureció (les hubiera gustado ir
a la medianoche, pero ninguna consiguió permiso para estar fuera de su casa tan
tarde) y estaban decididas a encontrar fantasmas y hacer contacto con ellos;
hasta habían llevado cámaras y grabadoras para guardar evidencia de sus
hallazgos. Desde luego, no lograron su cometido, pero, en opinión de Alejandra,
sí ocurrieron historias dignas de contar.
Y ahí estaba ella, escribiendo sus
aventuras en el hospital abandonado, escuchando a Ariana Grande con los
audífonos a todo volumen —le habían dicho que era malo para sus oídos, pero
necesitaba concentración—, aislada del mundo, cuando la verdadera aventura
comenzó.
Todavía estaba relatando su encuentro
con el velador (no sabían que había un velador en el hospital), que llegó —muy
enojado, por cierto— a pedirles que se fueran y les hizo creer a todas que era
un fantasma (bueno, es que su voz era muy estruendosa; lo que no sabían es que
él también se había asustado), cuando algo le llamó la atención a través de la
ventana: primero creyó que Carlos estaba paseando en su bicicleta, pero
entonces se dio cuenta de que no había nadie montado en ella. La bicicleta se
estaba moviendo sola, y también la puerta de la entrada, y todas esas cosas que
estaban en la cochera y que su mamá juró que iba a tirar, vender o regalar en
cuanto tuviera tiempo.
Alejandra inmediatamente dejó de
escribir, se quitó los audífonos y entonces pudo escuchar el viento arrasador
(no lo sentía porque la ventana estaba cerrada)… y los gritos de su hermano:
—¡Ayúdenmeeee! ¡Alejandraaaa! ¡Aaaahh,
mamáaaa!
Se levantó a toda prisa y trató de salir
de su habitación para ayudar a su hermano, pero no pudo: la puerta estaba
atascada, o eso creyó ella. La perilla giraba, pero la puerta, que abría hacia
adentro, no se movía.
—¡Carlitos! ¿Qué está pasando?
—¡Un tornadoooo! ¡Ayúdameeee!
Alejandra a veces podía ser mala
hermana (no le gustaba convidar sus dulces ni prestar sus juguetes, por
ejemplo, además de que acababa de echar a su hermano de la recámara que
compartían), pero no podía permitir que un tornado se llevara a Carlitos.
Cerró los ojos, respiró hondo, se
concentró todo lo que pudo y jaló la puerta con fuerza. Entonces vio al niño
del otro lado, sujetado de la perilla, a punto de ser llevado por una gran
corriente de aire que salía del techo de su casa en forma de remolino, ¡del
techo! Los pies se le revolvían y ya no tenían zapatos ni calcetines; la ropa
se sacudía, inquieta; su cuerpo se balanceaba de un lado a otro. Aquello era
realmente increíble.
Alejandra, por algún extraño fenómeno
de la física, al tratar de mantener la puerta abierta para tratar de meter a su
hermano y ponerlo a salvo del tornado —habiendo tanta fuerza en contra que la
mantenía cerrada—, la rompió. El feroz viento la partió lentamente por la mitad
y Carlos comenzó a soltar la perilla; una de sus manos ya se había rendido y se
sacudía violentamente a sus espaldas, como queriendo desprenderse de su cuerpo.
Al poco rato, la otra mano también se
rindió. En el instante en que Carlos soltó por completo la perilla, que hasta
entonces había impedido que el tornado se lo llevara, Alejandra lo estrechó.
Pero no fue suficiente.
Si el tornado hubiera tenido sentimientos,
seguramente se habría enojado por la resistencia que ponía ese par de niños,
porque entonces batió con tal fuerza, que Carlos, con Alejandra todavía
sujetada de su mano, fue arrastrado hasta el techo de su casa.
Y entonces ambos desaparecieron, junto
con el tornado, y todo dejó de moverse, como si nada hubiera pasado; excepto,
claro, que la casa había quedado en ruinas.
Alejandra creyó que iban a estrellarse
contra el techo, pero, en lugar de eso, el tornado los atrapó. Giraron dentro
de él y pudieron ver todas las cosas que también habían sido atrapadas: la mesa
del comedor, con todo y sus sillas; el estéreo de la sala, sillones, libros,
montones de ropa… todo giraba a su alrededor junto a ellos.
Giraron y giraron hasta que comenzaron
a sentirse mareados y perdieron el sentido. Entonces dejaron de girar.
Cuando Alejandra abrió los ojos,
todavía estaba un poco atontada; además, la intensa luz le lastimaba. Estaba
acostada sobre un pasto tan verde que parecía haber sido coloreado con
crayolas, pero aún no se daba cuenta de eso. Carlos, en cambio, despertó, se
levantó en un instante y echó a correr por el campo. Ya saben, los niños a esa
edad tienen mucha energía y pocas preocupaciones.
Las risas terminaron de despertarla;
sí, eran muchas risas, porque ahí había muchos niños. Además de eso, notó
finalmente el color del pasto, y de los árboles, y del Sol… Todo era brillante
y reluciente, como si alguien lo hubiera pulido con esmero.
No podía creerlo. Ni en sus mejores
sueños pudo haber imaginado un lugar así: había árboles de todos los colores en
todas las tonalidades: verdes (por supuesto), azules, rosas, morados, naranjas…
y sus troncos eran del color del chocolate. El cielo era de un azul un poco más
intenso que el de los árboles, y las nubes eran completamente blancas: las
había con forma de unicornios, tortugas, cachorritos, y —Alejandra todavía no
lo sabía— si te quedabas mirando una y lo deseabas con todas tus fuerzas,
¡entonces la nube se volvía de la forma que tú quisieras!
Más adelante encontró un parque
gigante. En él había toboganes que te lanzaban hasta el infinito —pero no había
de qué preocuparse, el pasto podía amortiguar cualquier caída, e incluso podía
hacerte rebotar si brincabas con suficiente fuerza—, columpios amarillos que
daban giros de 360 grados; paredes inclinadas para saltar y escalar, carruseles
de todos los tamaños, pequeños castillos que, excepto por el hecho de ser más
pequeños, ¡eran reales!; una autopista con automóviles y
bicicletas; también había un trampolín de 20 metros que daba a una piscina de
colores, y el que saltaba podía empaparse de amarillo, púrpura, ámbar, rojo… y
después ir a un muro blanco que había al fondo para decorarlo como quisiera. Y
a lo lejos había un mar inmenso que se confundía con el azul del cielo; en él
había delfines que te llevaban de paseo brincando y bailando.
Alejandra estuvo caminando mientras
trataba de asimilar el hecho de que aquel tornado tan espantoso los había
llevado a ella y a su hermano a ese asombroso pero extraño lugar.
Se preguntaba dónde podía estar su
hermano cuando escuchó algo parecido al ruido que hace una sidra cuando hace
volar su tapadera, seguido de un “¡Wiiiiiii!” detrás de ella, que primero se
hizo cercano y después se alejó poco a poco. Miró al cielo para ver quién
gritaba y encontró a Carlos atravesando las nubes como un cohete; en ese
momento el “¡Wiiiiiii!” se convirtió en “¡Uuuuuh!” y el niño empezó a caer.
Sorpresivamente, su ropa aminoró la velocidad al volverse elástica y funcionar
como un paracaídas, aunque cayó con la fuerza suficiente para rebotar justo
enfrente de Alejandra, y dio grandes saltos a su alrededor.
—¡Ale, ¿no es increíble?!
Alejandra todavía estaba atónita.
—¿Dónde estamos?
—¿A quién le importa? ¡Esto es súper
divertido! ¡Ven, vamos a los toboganes!
Era muy tentador seguir a su hermano y
volar por los aires, o llenar de pintura el muro, o explorar cualquiera de los
increíbles juegos que le ofrecía aquel perfecto parque de diversiones, pero le
intrigaba más saber en dónde se encontraban y cómo habían llegado ahí. Son las
preocupaciones que llegan con la edad.
Una niña la miró desde lo lejos y se
acercó para darle la bienvenida; enseguida se dio cuenta de que era nueva, pues
sólo los nuevos tienen esa mirada.
—¡Hola! ¿Por qué no estás jugando?
—Es que… estoy un poco confundida. No
sé dónde estamos.
—¡Estás en el paraíso de los niños,
¿no lo ves?! ¿Llegaste sola?
—No, vengo con mi hermano Carlos, es…
aquel niño de playera roja que está volando.
—¿Ya te subiste a los toboganes? ¡Son
increíbles!
—¿Así se llama este lugar, el paraíso
de los niños?
—No sé, pero así le decimos. ¡Ven,
vamos al trampolín!
Alejandra fue detrás de aquella niña,
pero siguió haciendo preguntas. Supo que se llamaba Lulú y que en realidad
nadie sabía el nombre de aquel lugar; algunos lo llamaban el mundo de los
niños, chiquilandia, o simplemente el gran parque. También supo que todos los
niños (o al menos todos con los que Lulú había platicado hasta ese momento)
habían llegado en circunstancias extrañas, igual que ella y su hermano: unos
habían sido succionados por un hoyo negro abierto en medio de su casa, otros
habían caído en la taza del baño, y había quien había entrado a través de uno
de esos espejos de cuerpo completo cuya superficie se había vuelto líquida y
brumosa.
El tiempo no parecía transcurrir: el
Sol, dorado y reluciente, siempre estaba en el mismo lugar y no hacía daño a la
vista si se le miraba de frente.
Después de haber saltado a la piscina
de colores no menos de tres veces, y después de haber dado vueltas y vueltas y
vueltas en los columpios amarillos, Alejandra decidió explorar uno de los
castillos. Adentro había salones donde niñas vestidas de princesas bailaban
alegremente al ritmo de guitarras y laúdes, y afuera había campos donde niños
juglares con enormes y graciosos sombreros coloridos contaban historias en
verso. Alejandra alcanzó a escuchar algo así:
Y
entonces el gran corcel
Terminó
en un carrusel
Todo
porque Miguel
No
tenía para pagar su miel
También había ponis listos para
llevarte de paseo; algunos de ellos protagonizaban justas en las que dos
jinetes —ataviados con armaduras— cabalgaban a toda velocidad para encontrarse,
cargando con pequeñas lanzas elásticas, y tratar de tumbar al contrincante.
Alejandra jugó, bailó, cabalgó y rió
hasta que no pudo más, hasta que el cansancio fue tal que tuvo que tumbarse en
el suelo. Entonces se dedicó a acariciar el pasto y a mirar las nubes, todavía
maravillada; ahí descubrió que podía hacerlas cambiar de forma. Carlos se
acostó junto a ella… y ambos se quedaron profundamente dormidos.
No se dieron cuenta, pero empezaron a
hundirse, y se hundieron hasta que dejaron de verse por completo, como si
hubieran caído en arenas movedizas. Después de habérselos tragado, el pasto
volvió a su forma original, como si nunca hubieran estado ahí.
Al despertar, Alejandra notó que
estaba de vuelta en casa y que la puerta estaba ahí, en su lugar, intacta. Se
levantó de un salto, salió de su habitación y vio que el techo también estaba
en perfectas condiciones, al igual que todo lo demás; bueno, tal vez la
bicicleta de Carlos no estaba en las mejores condiciones, pero eso no era culpa
del tornado.
¿Había sido un sueño todo aquello?
Antes de poder pensar en la respuesta,
vio que en su ropa había restos de ese pasto verdísimo coloreado con crayolas;
los tomó en sus manos y al instante se volvieron pedazos de papel maché. Miró
hacia la cama de Carlos y lo encontró ahí, mirándola fijamente.
—Estuvimos ahí, ¿verdad?






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